25 may. 2011

IN MEMORIAM


La plaza del Sabre de la base aérea de Torrejón de Ardoz se convirtió el 28 de mayo en una inmensa capilla ardiente. Los ataúdes de los 62 militares fallecidos en Turquía llenaban el espacio alineados en siete filas, cubiertos por la bandera española y custodiados, cada uno de ellos, por un compañero de promoción o de destino. Desde las cinco y media, más de seiscientos familiares habían ido ocupando lentamente su lugar en medio de un calor sofocante. Durante la espera, un silencio y una quietud dramáticos. En busca de sus seres más queridos, algunos —esposas, hermanos, padres o hijos— sacaban fuerzas para acercarse a los féretros, acompañados siempre por amigos o personal militar que evitaban, a duras penas, su desplome. El personal sanitario, a los pies de la tribuna, repartía agua y atendía cualquier asomo de desvanecimiento. Los restos mortales de los 62 militares habían llegado ese mismo día procedentes de Turquía en tres aviones Hércules C-130 pertenecientes al Ala 31 del Ejército del Aire. Los aparatos permanecieron durante toda la ceremonia con sus grandes portones de carga abiertos en uno de los extremos de la plaza. El presidente del Gobierno, José María Aznar, el ministro de Defensa, Federico Trillo-Figueroa y el jefe de Estado Mayor de la Defensa, almirante general Antonio Moreno Barberá, recibieron a la Familia Real a su llegada a las 6 de la tarde, Don Juan Carlos, con uniforme del Ejército de Tierra, el Príncipe de Asturias, con el del Ejército del Aire, la Reina Doña Sofía, de riguroso luto. Al otro lado de la plaza, cientos de personas se sumaban en silencio al acto. Además de numerosas comisiones militares, a la ceremonia —convertida en un auténtico funeral de Estado— asistieron las autoridades de las altas instituciones españolas: los presidentes del Congreso y del Senado, Luisa Fernanda Rudí y Juan José Lucas; los presidentes del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, y del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Francisco José Hernando; los ministros de Asuntos Exteriores y de Interior, Ana Palacio y Ángel Acebes; los jefes de Estado Mayor de los tres Ejércitos: el general de Ejército Luis Alejandre Sintes, el general del Aire Eduardo González-Gallarza, y el almirante general Francisco Torrente Sánchez; el director general de la Guardia Civil, José Luis López Valdivielso; y numerosos políticos, entre ellos el secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, el coordinador de IU, Gaspar Llamazares, los portavoces del PNV y CiU, Iñaki Anasagasti y Xavier Trias y el representante de Coalición Canaria, Luis Mardones. Todos habían abandonado poco antes el Pleno del Congreso en la habitual sesión de control al Gobierno de los miércoles, que en esta ocasión sirvió para mostrar el pesar de todos los grupos parlamentarios. Tampoco quisieron faltar los presidentes de las dos comunidades autónomas más afectadas por el trágico suceso. En la base aérea de Torrejón estuvieron presentes los presidentes de Castilla y León, Juan Vicente Herrera, y de Aragón, Marcelino Iglesias. Cariño Tras la interpretación del Himno Nacional, los miembros de la Familia Real se acercaron a la tribuna de parientes de las víctimas para expresar personalmente sus condolencias a todos ellos y abrazar afectuosamente a las personas que ocupaban las primeras filas. El saludo se prolongó durante veinte minutos, cargados de una gran emoción compartida por las más de 2.000 personas que presenciaban la escena. Cada paso era una tragedia humana que Sus Majestades y el Príncipe de Asturias compartieron, caso a caso, con patente dolor en los rostros. Fuera de todo protocolo, fue un encuentro cercano y sincero con abrazos y muestras de profundo afecto. Pasados los primeros minutos afloró la tensión acumulada en los últimos tres días, desde que en la mañana del 26 de mayo se conoció la noticia del siniestro. Estallaron los lamentos y llantos de dolor, que se alternaron con aplausos a la Familia Real, vivas al Ejército y a España y gritos de indignación. Muchos increparon al Gobierno y reprocharon el empleo de medios de transporte que consideraban poco adecuados, al tiempo que otros hacían llamadas a la calma. Horas después, el ministro de Defensa, Federico Trillo-Figueroa, expresaba su «respeto y comprensión» hacia los familiares y calificó lo vivido esa tarde como el momento más duro de su carrera política. «La muerte es muy difícil de aceptar y muy pocas veces explicable cuando es así, inesperada, violenta y en tan gran número», manifestaba ante las cámaras de Antena 3. Eucaristía La Familia Real y las autoridades que la habían acompañado en su recorrido, se trasladaron al espacio reservado al otro lado de la plaza. A los sones del Himno Nacional, un soldado y un guardia civil trasladaron la bandera al sencillo altar instalado frente a los féretros, presidido por una imagen de la Virgen de Loreto, patrona del Ejército del Aire. Cerraba la perspectiva un frontal formado por más de setenta coronas de flores llegadas de todos los puntos de España y entre las que se encontraban, también, dos enviadas por el Gobierno turco. El vicario general castrense, monseñor José Manuel Estepa, presidió la concelebración religiosa acompañado por seis obispos más —entre ellos los de Zaragoza y Burgos, las dos provincias donde se ubican las unidades de origen de la mayoría de las víctimas— y veinticinco sacerdotes. Monseñor Estepa transmitió a los familiares el pésame del papa Juan Pablo II y de todos los obispos españoles y, en la homilía, tuvo palabras de elogio a la labor desarrollada por las FAS en las misiones humanitarias internacionales, que calificó como «una formidable escuela de aprendizaje de la más limpia solidaridad y del más auténtico amor a la paz». «Debemos gratitud —resaltó— a todos los que han aceptado como misión la defensa de la seguridad del propio pueblo y el mantenimiento de la paz en todo el mundo arriesgando sus propias vidas en esta noble profesión». El arzobispo castrense recordó a todos los militares que en los últimos catorce años han participado en misiones humanitarias y que «han experimentado —añadió— el daño que causa a los pueblos la violencia y las fuerzas disgregadoras del mal exponiéndose a grandes peligros y sacrificios». Uno de los momentos más dolorosos tuvo lugar poco después. Una mujer joven, de luto, abandonó la grada y, sin que nadie pudiera evitarlo, atravesó corriendo toda la plaza hasta abrazarse a uno de los ataúdes, el de su hermano, gritando desconsoladamente. Un militar y el personal de los servicios sanitarios trataron de calmarla mientras la conducían de nuevo a su asiento. Medallas Terminada la ceremonia religiosa, alrededor de las siete de la tarde, y tras reincorporarse la bandera a su lugar de formación entre aplausos del público, se leyó la Orden Ministerial 431, de 28 de mayo, por la que se conceden a título póstumo a los militares fallecidos las más altas condecoraciones en tiempo de paz: las cruces con distintivo amarillo del Mérito Militar para los cuarenta militares del Ejército de Tierra y el oficial de la Guardia Civil y del Mérito Aeronáutico para los pertenecientes al Ejército del Aire. Uno a uno, sonaron por los altavoces los 62 nombres seguidos de un caluroso y cerrado aplauso. Por expreso deseo personal, Don Juan Carlos, visiblemente emocionado, impuso una a una todas las condecoraciones culminando cada gesto con un respetuoso saludo militar. El acto, que se prolongó durante quince minutos, fue aprovechado por los concelebrantes de la Eucaristía para transmitir sus condolencias a las familias. Despedida Finalizada la imposición de medallas, el Rey se retiró entre aplausos del público. Instantes después, a los acordes de la marcha La muerte no es el final interpretada por la Banda de Honores, se inició el homenaje a los Caídos, un acto habitual en las celebraciones castrenses pero que en esta ocasión adquirió un significado más especial que nunca. El toque de oración y una salva de fusilería cerraron el ceremonial. El estruendo de los motores de los seis C-101 de la Patrulla Águila —que dejaron sobre la dramática formación de ataúdes la estela con los colores de la enseña nacional— llenó el tenso silencio hecho en la plaza del Sabre. Inmediatamente comenzó el lento desfile de féretros, al son de una marcha fúnebre, desde la plaza hasta el cercano hangar del Ala 12, reservado habitualmente para albergar los cazas F-18. Grupos de seis militares —compañeros de promoción, de unidad, familiares—portaron a hombros los ataúdes cubiertos con la bandera española, la gorra de la víctima —algunas, recuperadas en Turquía y otras repuestas para el funeral— y la medalla recién concedida, que luego serían entregados a las familias. Fueron casi treinta minutos de gran solemnidad y tristeza. Casi a las 8 de la tarde el último ataúd penetraba en el hangar del Ala 12. Dos horas después de su llegada, la Familia Real se despidió de los familiares y abandonó la plaza, seguidos por el resto de las autoridades. En las horas posteriores, sesenta y dos comitivas fúnebres partían desde la base aérea con destino a treinta localidades de toda España donde al día siguiente tendrían lugar los sepelios de los sesenta y dos caídos españoles.

LUTO NACIONAL


España vivió dos días de luto oficial —el 28 y el 29 de mayo— durante los cuales la bandera nacional ondeó a media asta en todos los edificios públicos y buques de la Armada. El Real Decreto 645/2003 de 27 de mayo, publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE) del día siguiente, declaraba el luto durante estas dos jornadas «como testimonio del dolor de la Nación española ante el fallecimiento de sesenta y dos militares españoles, en accidente aéreo ocurrido a su regreso de la misión de paz desarrollada en Afganistán, a propuesta del Presidente del Gobierno». El ministro de Defensa, Federico Trillo-Figueroa, avanzaba el mismo día del suceso, desde Turquía, la decisión adoptada por el Gobierno y sancionada por el Rey Don Juan Carlos. «Por lo pronto, hemos decretado el luto oficial en todos los establecimientos militares. Ya ondea la bandera a media asta en todos ellos y hemos suspendido todas las celebraciones de la semana de las Fuerzas Armadas», manifestaba en el informativo 24 Horas de Radio Nacional de España.

Las unidades de destino de los militares fallecidos y sus ciudades de origen dedicaron en la semana siguiente al accidente sentidos actos de homenaje que congregaron a numerosas personas. El 2 de junio, el arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, presidió a las 8 de la tarde en la catedral de Valencia un funeral concelebrado por once capellanes castrenses, además de varios sacerdotes diocesanos. En la homilía se ensalzó la labor de los militares españoles destinados en misiones en el Exterior que realizan «un servicio de paz, amor y caridad a sus hermanos». La base de Castrillo del Val, que perdió a veinte hombres en el accidente, organizó el 3 de junio un homenaje y una misa oficiada por el arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín, quien subrayó «los actos de entrega humanitaria y desinteresada» que todos los fallecidos habían efectuado en su experiencia en misiones de paz. Al acto asistieron, también, el jefe del Estado Mayor del Ejército, general de Ejército Luis Alejandre Sintes, y el general jefe de la División Mecanizada Brunete, Emilio Pérez Alamán. Reconocimiento Pérez Alamán destacó en una intervención la disposición permanente de la unidad para participar en cuantas misiones se le encomienden. «Si hoy sus hombres, por su bravura y preparación, son los mejores, con los medios adecuados serán invencibles». Por su parte, el JEME exhortó a todos los presentes en el funeral a «cubrir las lagunas de cariño y de afecto entre familias y compañeros» que ha creado el inesperado suceso. En la misma jornada la base aérea de Zaragoza recordó, en una ceremonia íntima con familiares y compañeros, a sus 21 hombres perdidos en Turquía. El capellán castrense de la base presidió la misa funeral, en la que estuvo presente el general jefe del Mando Aéreo de Levante, teniente general Manuel Estellés Moreno. Un día después, el 4 de junio, la Basílica del Pilar de Zaragoza era escenario de otra misa en memoria de los militares oficiada por el arzobispo de Zaragoza, Elías Yanes. Cantabria, de donde procedían tres de los militares entre ellos el jefe del contingente, el teniente coronel José Ramón Solar Ferro, también recordó con numerosos homenajes a las víctimas. El 4 de junio tuvo lugar en la catedral de la capital un multitudinario funeral oficiado por el vicario general, Manuel Herrero —en ausencia del obispo de la Diócesis, José Vilaplana—al que asistieron las principales autoridades civiles y militares de la comunidad cántabra. Esta ceremonia puso el broche final a una semana de actos oficiales y homenajes institucionales con los que la región había homenajeado a sus tres vecinos fallecidos en el accidente de Turquía. En Extremadura, el obispo de la Diócesis de Coria-Cáceres, monseñor Ciriaco Benavente, ofició el 5 de junio una misa funeral en la concatedral de Santa María, de Cáceres, en recuerdo de todos los fallecidos y en especial de los dos extremeños, oriundos de las localidades de Montehermoso y Moraleja. Más de 300 personas —entre ellas el alcalde José María Saponi y numerosas autoridades civiles y militares— participaron en la misa celebrada a las 12 del mediodía. En la homilía, monseñor Benavente dedicó un recuerdo especial, como ocurrió en otros lugares de España, a los dos policías fallecidos en el último atentado terrorista y a las víctimas del accidente ferroviario de Chinchilla (Albacete). Un día después de su entierro, el 30 de abril, la base militar de Recajo, en Agoncillo (La Rioja), organizó un funeral castrense en memoria de los fallecidos en Turquía, entre los que se encontraban dos brigadas riojanos del Ejército del Aire. El día 4 de junio, autoridades civiles y militares de Navarra participaron en una misa celebrada en la parroquia de San Lorenzo de Pamplona en recuerdo de los militares fallecidos. Uno de ellos, el capitán Manuel Gómez Ginerés, destinado en la Unidad de Apoyo Logístico 31, era natural de Pamplona, aunque fue enterrado en Alicante. Los funerales se repitieron en otras muchas localidades de las comunidades de Galicia, Asturias, Cataluña, Castilla-La Mancha, Murcia o Madrid, lugares de origen o residencia del resto de los fallecidos en el accidente del Yakovlev-42.