19 ene. 2014

Diario de una eyección.

Indiscutiblemente, la profesión del piloto de caza nos brinda la posibilidad de vivir algunas de las sensaciones más impresionantes y exclusivas que puede experimentar una persona. Claro está que nadie ha pasado por todas y, por supuesto, que cada uno tiene su propia manera de sentirlas.
Por suerte o por desgracia, en mi opinión por suerte ya que os lo estoy contando, el 16 de junio de 2009 sobreviví a una eyección.
La mayoría de los que lo contemplamos como una posibilidad en nuestro día a día, en alguna ocasión hemos hablado con alguien que lo ha experimentado, o bien hemos pensado en cómo será, o como reaccionaríamos. A mí, sinceramente, me sorprendió de principio a fin y me pareció interesante dedicar un rato a escribir mi experiencia y de algún modo satisfacer la inquietud de quien pueda experimentarlo y de aquellos que trabajan para que tengamos esa segunda oportunidad.

En esos momentos, todo aquello que pueda arrojar algo de luz a tu situación, os lo aseguro, te viene a la cabeza. Nos preparamos a conciencia, estudiamos los manuales, nos entrenamos, pero al final, lo básico y aquello que por haberlo leído o escuchado con atención, o haberlo entrenado hasta la saciedad, en definitiva, lo que queda en el subconsciente, es lo que te resulta útil. Sencillamente, no tienes tiempo para más y la cabeza discrimina todo aquello de lo que te puedan surgir dudas.

De esto, como de todo aquello que hacemos día a día en cada misión se pueden sacar lecciones aprendidas. Yo he sacado las mías y espero que vosotros saquéis las vuestras. Ojalá no fuese así, pero cualquier día de estos os podéis ver en una situación parecida, shit happens!, es uno de los riesgos que conlleva esta apasionante profesión a laque nos dedicamos.

Dos F-18 volando a 30.000 pies y a0.87 de Mach, miro al otro avión y advierto un gran acercamiento, nos encontramos en una trayectoria indiscutible-mente a colisión. Me da la sensación que no tengo escapatoria. Veo como única opción picar, aunque sin una gran posibilidad de evitar el impacto.

Esta es la primera sensación sorprendente; cómo la cabeza, inconscientemente entra en modo supervivencia y en un momento sopesa todas las posibilidades y sin dudar un instante escoge una. Puede que solo estén pasando unos segundos, pero para tí todo va a cámara lenta. Cojo la palanca con ambas manos y pico bruscamente. Cierro los ojos e inmediatamente siento el impacto.

Acto seguido dejo de ver y tengo la sensación de estar girando brutalmente en todos los ejes, oigo constantemente los pitos del avión, e inmediatamente sé que tengo que eyectarme. Sigo sin poder ver, pero tengo la sensación de tener las manos a la altura de los hombros y la cabeza prácticamente entre las piernas. Intento llevar la cabeza hacia atrás y las manos a la palanca de eyección, pero me es imposible moverlas ni un centímetro por la fuerza centrífuga. Continúo intentándolo una vez tras otra sin ningún resultado, llega un momento que pienso que no tengo nada que hacer, hasta aquí hemos llegado, me voy a matar.

En ese momento me viene a la cabeza la imagen de mi hijo y empiezo a pensar en él y en mi mujer solos;¡de ninguna manera!, pego un grito y, no sé de donde, consigo sacar las fuerzas necesarias para llevar ambas manos a la palanca de eyección, intento llevar la cabeza hacia atrás, pe-ro no puedo. ¿Qué tengo que perder?, decido tirar de la palanca de todos modos, tiro de ella e inmediatamente siento una explosión y una sensación tremenda de alivio.

Esta es otra de esas sensaciones que me sorprendieron, siempre había imaginado la eyección como algo bestial, doce Gs instantáneas. No me quiero imaginar las Gs que llevaría en todos los ejes para que esto me resultara un alivio. Claro está que el ver de repente la posibilidad de salir de aquella situación debía de estar ayudando.

Sigo sin poder ver nada, intento abstraerme e intentar escuchar para saber que está sucediendo. Me da la impresión de que estoy cayendo boca abajo y oigo un “flop-flop”. La imagen que me viene a la cabeza es la de estar cayendo sentado en el asiento boca abajo con el paracaídas hecho un ovillo y flameando. Pienso que ya llevo mucho tiempo cayendo en el avión y después en caída libre, no puedo ver ni la altura ni el acerca-miento a la superficie y pienso que lo próximo que voy a sentir va a ser el impacto contra el agua.

Inmediatamente echo la mano derecha a la palanca de separación hombre-asiento, aprieto el botón y tiro. Siento como sé separa el asiento y un fuerte tirón en los hombros, en ese momento, por primera vez, puedo abrir los ojos. Advierto que estoy muy alto y prácticamente parado en el aire, con un ligero movimiento de rotación. Me toco la cara, no tengo el visor del casco, toco los broches del visor, ni rastro del visor. Tengo el casco y la máscara de oxígeno. Muevo piernas y brazos, parece que no tengo ninguna lesión. Por todas partes no veo más que agua, silencio absoluto.

Tercera sensación nueva, soledad. Una sensación grandísima de ser minúsculo en medio de todo aquel agua. ¿Cómo me puede haber pasado esto a mí? Éste es el primer momento en el que tengo tiempo hasta el próximo acontecimiento, el cerebro se relaja y empiezo a darle vueltas a la cabeza. Empiezo a experimentar una sensación terrible de angustia ante la posibilidad de que Alberto haya muerto en el impacto. Hace un par de meses que ha sido padre por segunda vez, ¿qué va a ser de María y de los niños?, yo me haré cargo..., ¡no puede ser!, miro como un loco en todas direcciones, no veo nada más que restos de los aviones flotando en el aire, me pasa justo por de-bajo de los pies una compuerta del fuselaje del avión, hay una gran mancha blanca en el agua, justo debajo de mí.

Cuando llevo un par de giros con el paracaídas, mirando hacia abajo, veo un paracaídas entrando en el agua. ¡Sí!, ha saltado, no sé cómo estará, ¡pe-ro ha saltado!. Empiezo a pensar en lo próximo que me va a pasar. Voy a caer al agua, ¿qué puede suceder?, que se me caiga el paracaídas encima; recuerdo el SURMAR que había realizado unas semanas antes. Si se me cae encima el paracaídas tengo que buscar un nervio y seguirlo hasta que salga a la superficie. No obstante decido coger el machete del anti-G por si me enredo con alguna cuerda. Me miro el gemelo izquierdo y veo la funda del cuchillo colgando de la punta, echo la mano a la funda y al tocarla me da la impresión de que no está el cuchillo (mas tarde, en el helicóptero me doy cuenta de que sí estaba, pero el broche de la piedra, que llevaba bastante tiempo sin tener, hacía que la solapa de cierre ondease, y creí que había perdido el cuchillo),creo que lo he perdido en la eyección. Ya veré que hago, de momento vamos a caer al agua.

Recuerdo el relato de la eyección de Dani Alemán y cómo le había costado mucho encontrar la T de suelta de los atalajes, echo la mano derecha a la entrepierna e inmediatamente la toco, ya la tengo localizada, estoy a punto de entrar en el agua, he olvidado soltar el kit de supervivencia..

Entro en el agua e inmediatamente se hincha el chaleco, salgo rápidamente a la superficie, me sorprende cuánto se hincha el chaleco, resulta bastante incómodo. Observo que el paracaídas está en la superficie a la izquierda. No recuerdo si es en éste momento o a posteriori cuando me suelto los atalajes accionando la T, pero en algún momento lo hago. Poco después de salir a flote noto como me escoro y comienzo a hundirme, parece que el kit de supervivencia esté tirando de mí hacia el fondo, intento impulsarme hacia la superficie, pero advierto que tengo los pies enredados en las cuerdas del paracaídas y no tengo suficiente fuerza con los brazos para hacerlo. Tampoco tengo el machete para intentar cortar las cuerdas. Gracias a Dios que no me ha dado por soltarme la máscara de oxígeno, puedo res-pirar. Empiezo a mover de forma circular las piernas a ver si doy con el sentido de giro del enredo y de repente noto como me suelto de las cuerdas, consigo salir a la superficie.

La balsa no se ha hinchado, tiro de la cuerda del kit de supervivencia y lo saco a flote, lo giro hasta que encuentro algo que supongo que es el acciona-miento manual de la balsa; tiro y se hincha inmediatamente. El oxígeno salea presión entre la máscara y mi cara, me escupe agua a los ojos, me desconecto la máscara, pero se queda colgando del cable de comunicaciones, me la arranco. Tras varios intentos, costaba bastante con el chaleco tan hinchado, consigo subirme a la balsa. Observo una gran mancha verde alrededor de mi. Decido dejar en el agua el kit colgando del chaleco para recuperarlo más tarde, después de descansar un poco.
Oigo ruido de aviones, miro hacia arriba y veo dos F-18 dando vueltas encima de mí, no sé cuánto van a tardar, pero en ese momento sé que van a rescatarme.
Es una de las mejores sensaciones que he tenido en mi vida, respiro. Gracias Luis, gracias Care.

Intento ver donde está Alberto, pe-ro el oleaje, aunque no es excesivo, no me lo permite. Cojo del chaleco el bote de humo, pero decido usarlo sólo en el caso de que vea que el helicóptero no me localiza, no vaya a ser que queme la balsa y me quede sin ella. Está claro que los aviones me han localizado. Poco más tarde oigo el sonido de un helicóptero y lo veo, vira directamente hacia mi posición.

El rescatador ha saltado al agua y se me aproxima, hay muchísimo ruido del helicóptero y el agua se agita mucho, salpicando con fuerza. El res-catador me indica que me baje de la balsa, me pone el cincho y me abraza, comenzando a subirnos la grúa. Me suben al helicóptero, me tumban en un lateral y a la pregunta de la sanitario le respondo que estoy bien. Me intento levantar continuamente para ver si rescatan a Alberto, preguntando si lo ven, si está bien. Continuamente me obligan a sentarme, diciéndome que no me preocupe, que lo tienen localizado. No puedo quedarme quieto, hasta que veo como el helicóptero que-da estacionario y de nuevo empieza abajar el rescatador, ya lo van a sacar, me quedo sentado, expectante. A los pocos minutos meten a Alberto por la puerta, ¡váya careto!, seguro que yo estoy igual de guapo. Nos fundimos en un abrazo, ¡hemos salido de ésta!

También es curioso cómo se pasa por un amplio abanico de esta-dos de ánimo desde que te ves a salvo en el helicóptero, hasta que aterrizas en la base. Desde la alegría, los abrazos, los besos; ese subidón de adrenalina que hace que no sientas ninguna de las lesiones que tienes, hasta la tristeza de sentarte y preguntarte el porqué de todo lo que ha pasado, de si podrías haberlo evitado y de lo diferentes que podrían ser las cosas de no haber tenido la suerte que has tenido.

En fin, esta ha sido mi experiencia, una experiencia que puedo relatar gracias al excelente trabajo de muchos compañeros de éste Ejército del Aire, que se esfuerzan para que los pilotos de caza salgamos cada día a hacer el nuestro, sin plantearnos si lo que hacemos es peligroso o no, sino de cómo podemos hacerlo mejor y de la manera más efectiva. Si lo conseguimos, sin duda alguna, el mérito también es vuestro
  
Capitán Antonio Manuel Monge Pereira.

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