26 abr 2013

Nada de cargas. ¡Calma!

Son el objetivo a batir para radicales y «antisistema». Las redes sociales e internet se han convertido en sus principales enemigos. La sociedad escudriña al milímetro sus intervenciones y cualquier paso en falso es utilizado por los políticos como arma arrojadiza. Así, sometidos a una presión extrema, se encuentran los agentes que forman parte de la Unidad de Intervención Policial (UIP). Los antidisturbios o «uiperos» saben que su imagen ha sido herida de muerte y que «no será fácil recuperar el respeto de la gente», las mismas que ahora les insultan al toparse con ellos o les abuchean al paso de un furgón.

El 23-F miles de personas salieron a la calle para manifestarse por la política de recortes del Gobierno. LA RAZÓN acompañó a los «uiperos» en esa jornada, una más de las ya casi diarias que se suceden en la capital de España. «No tenemos nada que ocultar. Actuamos con total transparencia», nos dice el Inspector Jefe de la UIP de Madrid, Javier Noguerales Alonso, en su despacho. Bueno, nos dice algo más: «A la menor señal de peligro ¡Al furgón!». Y es que de todos es sabido que atar en corto a los periodistas no es tarea fácil. «Dejadnos trabajar», resuelve finalmente.
Son las 17:00 horas y llegamos al complejo de Moratalaz. Desde aquí saldremos minutos después hacia el epicentro de la marcha convocada por «Marea Ciudadana», la plaza de Neptuno. Nada más vernos nos pregunta dónde están nuestros chalecos identificativos y nuestros cascos, comentario que más tarde recordaremos y de qué manera. «La marcha transcurre de momento tranquila... (ring, ring) sí, perdonad un segundo... me dicen que han localizado a un grupo de unas cien personas que vienen haciendo pintadas por Ciudad de Barcelona», explica Noguerales, «éstos son los que la lían». No se equivocaba, el guión de los alborotadores siempre es el mismo: participan en la manifestación como uno más, con sus consignas y banderas, aguardando a que apenas quede gente. Es entonces, ya entrada la noche, cuando comienzan a provocar a los antidisturbios. Lo que viene después ya es de sobra conocido.
Por fin nos ponemos en marcha. Vamos en un furgón de los Puma (nombre que reciben estos indicativos policiales). Puma 12 es el encargado de custodiarnos y llevarnos hasta el centro de Madrid, donde ya está preparado todo el dispositivo. Al llegar a Alcalá y Cibeles nos topamos ya con los manifestantes. «¡Hijos de perra!», «¡Vergüenza os tenía que dar!», «¡Sois como ellos!»... así son recibidos los agentes a los que acompañamos, por no hablar de los abucheos, los pitidos, los golpes al furgón y la provocación de alguno de los viandantes, que no duda en ponerse delante del vehículo y plantarle cara. Los agentes no ceden a las provocaciones y siguen su camino, ni siquiera se han bajado del vehículo y ya son increpados. «Esto es lo habitual. Ya no nos ven como antes, pero nosotros sólo cumplimos con nuestro trabajo», explica apenado uno de los policías. Pero, por mucho que sea algo cotidiano, no te acostumbras. El día a día se hace soportable gracias «al compañerismo, al equipo y a la unidad».

Proteger a los ciudadanos

Nos bajamos del furgón y conocemos al «jefe», Puma 12 (recibe el mismo nombre que el indicativo), al que no le hace mucha gracia nuestra llegada. Al fin y al cabo él está allí para trabajar, cuidar de sus hombres y «proteger a los ciudadanos», no para hacer de niñero de unos periodistas. Lo primero que llama la atención son las dos hileras de policías. Los de delante, los más cercanos a los manifestantes, van de uniforme; los de atrás llevan ya el equipo completo de «uiperos», incluido el pesado chaleco antitrauma.
El «jefe» –le llamaremos así pese a conocer su nombre personal– nos explica que se trata de una «maniobra preventiva», es decir, «nuestro objetivo no es intimidar a la gente» y por eso los uniformados al completo se quedan en un segundo plano por si hubiese que intervenir. Y, más allá de que todos los antidisturbios parezcan «armarios roperos», lo cierto es que entre el casco –que ofrece una escasa visibilidad como pudimos comprobar–, el chaleco antitrauma, el escudo y el resto de protecciones, la movilidad de los agentes se ve muy reducida. Y si encima llevan la «franchi» (escopeta) y la «bocacha» (artilugio que se acopla al arma para lanzar bolas de goma), la situación se complica aún más.
«¡Vergüenza me daría ser policía!», «defendéis a los políticos en lugar de a la gente»... la lista de reproches hacia los agentes es constante. «Nosotros sólo cumplimos con nuestro deber, esté quien esté en el Gobierno, eso nos da igual», comenta uno de los «uiperos» y añade que «lo que no podemos hacer es dejar que tomen el Congreso, ¡hombre!».
De repente, dos señoras de avanzada edad se paran frente a nosotros y nos hacen una foto. Minutos después la operación se repite, en esta ocasión son chicos jóvenes. «Es normal, no te preocupes», me dice el «jefe», «pensarán que sois infiltrados (sonríe)». Por fin nos hemos ganado a Puma 12. «Al estar en la vía pública pueden hacerlo. Hacen fotos de las matrículas de los furgones, de nuestras caras, de nuestros números identificativos y muchos de ellos lo cuelgan luego en youTube y en las redes sociales». Nada se puede hacer para evitarlo.
La marcha prosigue su curso, son las 19:30 horas y los hombres de Puma 12 han mantenido una actitud ejemplar. Nos cuentan que también hay dispositivos de seguridad en la calle Génova y la Bolsa, donde está previsto que vayan los alborotadores tras la manifestación. La marcha parece tocar a su fin, así que decidimos ir hacia la Carrera de San Jerónimo, infranqueable por todos lados. Hasta ese momento, los Bomberos habían hecho un cordón para impedir que la gente llegase a las vallas, pero de esa barrera humana apenas queda ya nada. Los manifestantes están junto a las vallas y se produce algún amago de tirarlas abajo.


Lluvia de piedras

«Calma señores, calma», piden los antidisturbios y la cosa no va a mayores. Pero varios grupos de radicales ya han tomado posiciones, como nos informan los policías: Izquierda Castellana, Corriente Roja, Bukaneros e Izquierda Internacional, entre otros. Su plan es montarla y salir disparados hacia Atocha.
A las 20:10 comienza la lluvia de piedras contra la UIP y por ende, contra nosotros. Todos los agentes se colocan el equipo antidisturbios y es aquí donde recordamos las palabras de Javier Noguerales: «¿Dónde están vuestros cascos?». Ya ha anochecido y la marcha ha finalizado. Son las 21:00 horas, comienza la batalla. Más de cien ultras están dispuestos a liarla y así se lo hacen saber a la Policía, tirándoles piedras y botellas de cristal. En su huida hacia Atocha y el Centro de Arte Reina Sofía arrasan con todo, tirando sillas y mesas de los bares en medio de la vía pública, lo que obliga a parar en seco la circulación. «¡Nada de cargas. Calma!» se oye por el canal interno de los Puma. La Policía no puede cargar si Delegación del Gobierno no da la orden. La situación se hace insostenible. Armados con piedras y palos intentan rodear a un grupo de «uiperos». Finalmente, los agentes reciben el «OK» y cargan contra los radicales en la glorieta de Carlos V.
Minutos antes, habían incendiado unos contenedores en el Paseo de las Delicias. El ritmo es vertiginoso. Los furgones van de un lado para otro y el ruido de las sirenas es ensordecedor. El otro foco del conflicto está en Atocha, un grupo nutrido de «antisistemas» ha intentado esconderse en la estación y se ha enfrentado a la UIP, vuelven a producirse cargas. «Grabadlo, grabadlo todo», gritan. «Soy menor, soy menor», alerta una de las jóvenes mientas es detenida. Quizá debió pensar eso antes de enfrentarse a los agentes. Los periodistas nos movemos de un lado para otro intentando captarlo todo. Es imposible. Camino tras un grupo de «uiperos», a mi lado, dos jóvenes buscan palos y piedras para lanzárselas. Las sirenas no cesan de sonar. Pasan los minutos. Atocha ya está blindada, todo parece por fin controlado. Los antidisturbios cubren todas las entradas de la estación, frente a ellos, algunos siguen increpándoles. No hay respuesta, la UIP no cede a la provocación. «¡Arriba chicos, vámonos!», ordena uno de los Puma a sus agentes apenas unos metros más abajo. La noche no ha acabado, les requieren en otro lugar.

Escrito por Maribel Casado para el diario La Razon

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