16 ago. 2012

Su propia guerra

Kilómetro a kilómetro. Así es como las tropas españolas ganaron terreno a los talibán gradualmente en la denominada ruta Opal, la carretera de tierra que une la localidad de Moqur con el valle de Dar-e-bum, una zona de tan sólo 1,8 kilómetros de ancho y cuatro de largo, pero de población de etnia pastún y bajo control de la insurgencia tradicionalmente.

"Los españoles construían un puesto de observación en lo alto de una colina, estaban allí quince días, y después se lo cedían al ejército afgano", explica el capitán Pablo Torres, desde lo alto de uno de esos puestos de observación, el 'opi Golf', como lo llaman los españoles. 'Opi' hace referencia a las siglas en inglés OP, que significan puesto de observación. Y 'Golf', a la letra del abecedario en la que están ordenados esos puestos de control.

Desde el OP Golf se ve perfectamente un buen tramo de la ruta Opal. En la carretera, de poco más de 20 kilómetros, hay en la actualidad una decena de puestos de observación, la mayoría construidos por los españoles y que sirven para mantener una cierta seguridad en el trayecto.

Las tropas españolas también tuvieron un campamento militar en Dar-e-bum durante casi un año, desde principio de 2011 hasta el pasado marzo, cuando se retiraron ante el redespliegue del ejército afgano. Aún así la Brigada Paracaidista 'Almogávares VI', que es la que ahora está destacada en la provincia afgana de Badghis, va a Dar-e-bum a menudo, casi cada semana.

'¡Eh, no cojáis maderas todavía! Esperad que pida permiso al comandante afgano, que si no después se enfada', grita el capitán Torres a dos de sus hombres que buscan en el campamento de Dar-e-bum un par de tablones lo suficientemente grandes como para colocarlos en el suelo y dormir encima. El ejército afgano es ahora el amo y señor de la base, y los españoles, unos simples invitados. Es ahora su "casa de campo", como dicen ellos, porque sólo van allí unos días y las condiciones de vida dejan mucho que desear.

Los españoles se llevaron del campamento todo lo que era suyo y ahora la base es una explanada de piedras, enorme y desangelada, donde se puede decir que no hay nada, excepto una casa de adobe, unas cuantas construcciones destartaladas de madera, y enormes sacos de tierra que delimitan su perímetro. No hay ni agua, ni electricidad y las letrinas son dos agujeros inmundos en el suelo, con dos tablones de madera atravesados donde hay que colocar los pies sin perder el equilibrio.

'Maratón' bajo el sol

"Salir por ahí es más entretenido. Al menos se te pasa el tiempo más rápido", responde el paracaidista Echevarría encogiéndose de hombros cuando se le pregunta si le gusta ir a Dar-e-bum. El tiempo, sin duda, pasa allí volando. Los españoles montan el campamento en cuanto llegan, colocando diversos toldados entres sus vehículos blindados y una de las paredes del perímetro de la base, y salen a patrullar a pie por los núcleos de población más cercanos. "Es importante hacer acto de presencia, que la gente nos vea y sepa que no nos hemos ido", afirma Torres, que no se cansa de andar mientras sus soldados le siguen detrás bajo un sol criminal. La caminata dura horas.

Al atardecer los españoles regresan al campamento, y entonces aparecen también fuerzas especiales estadounidenses acompañadas de decenas de soldados del ejército afgano, que entran en la base a toda velocidad con vehículos Humvee. A simple vista parecen macarras.

"Pues la verdad es que no me han explicado nada. Les he explicado yo más a ellos, que les he dicho qué hemos hecho hoy, que ellos a mí", comenta el capitán Torres después de hablar con dos efectivos de las fuerzas especiales norteamericanas, que se acercan a él con un militar de origen mejicano para que les haga de traductor, pensando que el oficial español no va a entender ni palabra de inglés.

La mayoría de las tropas estadounidenses se han retirado de la provincia de Badghis, y ahora sólo quedan fuerzas especiales que parece que hagan su propia guerra. Al menos en el campamento de Dar-e-bum, estadounidenses y españoles estuvieron por una noche por un igual. Todos durmieron al raso, cenaron comida militar empaquetada, aunque eso sí, los españoles también saborearon jamón serrano que sus familias les habían enviado desde España y que lógicamente no compartieron con las fuerzas norteamericanas.



Extraído de: ElMundo.es

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