29 ago. 2011

La entrega de la vida.

Los militares no deben introducirse en las procelosas aguas de la política, a pesar de que esta les afecta incluso más que al resto de los ciudadanos.

La disposición permanente para defender a España, incluso con la vida cuando fuera necesario, constituye su primer y fundamental deber. Ninguna profesión tiene como deber dar la vida, y el que esto acepta no lo hace con obediencia ciega, sino con el convencimiento de que todas las instituciones del Estado tienen claro lo que es España, cómo se defiende España y cuándo es necesario dar la vida por España.

Los vaivenes políticos que en estos conceptos hemos vivido recientemente no constituyen un ejemplo para mantener la moral necesaria para cumplir ese primer y fundamental deber de soldado.

Cuando el concepto de nación es discutido y discutible y esto lo dice el presidente del Gobierno. Cuando se retira el lema “A España servir hasta morir” de una academia militar y esto lo hace el ministro de Defensa.

Cuando la presencia de los soldados españoles en Irak se convierte en vergonzosa referencia política para recriminaciones partidistas mientras los soldados allí se dejaron la vida.

Cuando Afganistán es una incertidumbre que nos ha costado muchas vidas y nos vamos sin saber para qué fuimos. Cuando de Kosovo nos retiramos unilateralmente, sin previo aviso, ante el estupor de la OTAN, pero allí los soldados españoles se dejaron la vida. Cuando la bandera de España es motivo de polémica, de luchas partidistas, de flagrantes incumplimientos de la Ley.

Cuando los que se han dedicado a asesinar con alevosía a ciudadanos y soldados, son hoy los dirigentes de muchos ayuntamientos con el beneplácito de los máximos representantes de la Constitución. Cuando se está permanentemente dudando de lo que es España, cómo se defiende a España y cuándo es necesario dar la vida por ella, es difícil y hasta milagroso aceptar tu misión y obligación mientras otros dividen y enfrentan España.

No es fácil motivar para dar la vida, aunque la grandeza de algunos seres humanos lleve intrínsecamente esa disposición. Motivar en ese sentido de gratuidad tiene que proceder de almas limpias y honradas que tengan claro lo que piden a los demás y ser ellos ejemplo en cumplir lo que ordenan.

Sin interés de partido alguno, el único interés de un soldado es su patria, España, y no sirve recurrir de forma partidista a la disciplina si esta se utiliza para el ordeno y mando, para una obediencia que responde al interés particular y no al colectivo.

Sin miedo a la verdad, hay que abrir los muros a la objetividad. No se puede pedir dar la vida sin definir y dejar claro por quién, por qué y cuándo se hace esa entrega sublime.

Un soldado no vive exclusivamente por un salario, que gana con sangre, sudor y lágrimas, sino por el sustento moral que le lleva al sacrificio y que recibe de la sociedad a la que sirve y de las instituciones que la gobiernan y dirigen.

Ellos deben ser su ejemplo, apoyo y respaldo moral. Si no, es preferible cambiar el primer y fundamental deber por otro y así no engañar a nadie. Ordenar “capitán mande firmes” es algo para lo que no todos están preparados, que necesita, en militares y paisanos, coherencia moral y asunción de responsabilidades, ya que sólo puede dar esa orden el que está dispuesto a dar su vida con sus soldados bajo el juramento a su bandera.

22 ago. 2011

Hostigamiento contra tropas españolas en Afganistán causa 1 herido

Una patrulla española destacada en el puesto avanzado 'Hernán Cortés', en la localidad afgana de Darrah e Bum, ha sufrido esta tarde un hostigamiento por parte de un grupo de insurgentes.
Como consecuencia del intercambio de disparos, un militar español ha recibido un corte en la nariz y el pómulo provocado por una esquirla de bala.
El militar, que no ha necesitado ser evacuado, ha recibido varios puntos de sutura en el botiquín del puesto avanzado. No se han producido más daños personales ni materiales.

18 ago. 2011

El peor enemigo de los soldados en Afganistán

Aquí hay señales en las bases que avisan a los soldados para que mantengan sus torniquetes en el bolsillo del hombro derecho. Si un soldado necesita un torniquete, es probable que sea el único bolsillo que le quede.

La señal explica: “Por desgracia los miembros que se pierden debido a los Artefactos Explosivos Improvisados (IEDs en inglés) son el brazo izquierdo y ambas piernas”.

Las minas terrestres y los IEDs en el intratable Distrito de Zhari en Kandahar están arrancando estos días muchas más extremidades que vidas en parte debido a las pequeñas cargas de explosivo que llevan y en parte debido a la eficaz armadura que protege los órganos vitales de los soldados.

Pero también se debe a la velocidad y la habilidad del helicóptero de los equipos de evacuación médica del ejército (Medevac).

“Odio el olor de este helicóptero”, dice el sargento Stephon Flynn, un médico de vuelo de la compañía Charlie 1/52 Aviation. “Cuando lavas la sangre y hueles a hierro se impregna en tu ropa y luego lo hueles mientras estás comiendo”.

Minutos después de regresar de una misión de evacuación médica y de haber limpiado la sangre del helicóptero de Flynn con la manguera en el departamento de bomberos de la base, entra otra llamada.

Los pilotos, los jefes de brigada Matt Grove y Grez Love, sobrevuelan a baja altura sobre los viñedos en dirección a una columna de humo púrpura ondulante que marca la zona de aterrizaje.

El aparato pasa por encima de un muro de hormigón y de un conjunto de edificios que, de repente reconozco de una patrulla de tierra durante una incursión. Aterrizamos y Flynn sale corriendo hacia la polvareda humeante. Pasan los minutos. Sé lo que va a pasar antes de que suceda.

Un soldado que recuerdo de la patrulla es traído en una camilla. Le falta el pie izquierdo y su pierna derecha está destrozada, el único resto que le queda colgando deja ver un ángulo espeluznante. Su brazo izquierdo ha desaparecido por debajo del codo, y tiene el muñón envuelto en una gasa que ondea al aire cuando los médicos introducen la camilla en el estruendoso helicóptero.

Su expresión es de resignación y cansancio. Nunca supe su nombre, y de todos modos no le gustaría que se publicase. Durante la patrulla se quejaba de que los estadounidenses consumen noticias sobre la guerra de la misma manera que consumen las películas de acción y la pornografía.

El helicóptero se eleva en el aire y por encima de las rocas a través de las llanuras de Zhari. Es casi de noche y unas pocas estrellas brillan en el azul profundo. Un hilo de sangre resbala hacia mis pies.

Flynn trabaja furiosamente manejando el instrumental para monitorizar los signos vitales de su paciente, y al mismo tiempo debe mantener a su paciente despierto a toda costa. Frota los nudillos contra el esternón del joven soldado, que le hace una mueca de bajo la máscara de oxígeno.

El espigado médico de Minnesota (EEUU) describe solemnemente la pérdida de su primer paciente, un soldado herido por un IED.

“Los médicos de tierra me dijeron que estaba despierto y estable, y me dejé llevar por una falsa sensación de seguridad”, dice. “Cerró los ojos y respiraba con normalidad mientras conecté mis instrumentos, así que le dejé estar un momento y luego parecía que había algo del monitor que no funcionaba, así que le tomé el pulso: no tenía”.

Flynn realizó maniobras de reanimación cardiorrespiratoria al soldado durante el resto del vuelo, pero fue en vano.

“Lo hemos perdido, no pude conseguir que regresara”, dice Flynn con tristeza. “Un roce en el esternón es probablemente la cosa más traumática que puedo hacer con estos chicos, pero cuando te duermes tu cuerpo deja de luchar, deja de compensar la lesión”.

Todos los pacientes estadounidenses de Flynn y los pacientes más gravemente heridos en Afganistán son transportados a la Clínica del Aeródromo número 3 de Kandahar. Los soldados afganos y los civiles que no están en peligro inminente de perder la vida, un miembro o la vista son llevados al hospital afgano del Campamento Hero, en Kandahar.

Una vez más el helicóptero tiene que ser limpiado a fondo, y el departamento de bomberos de la Base de Operaciones de Avanzada Wilson está a la espera cuando aterriza. Incluso con la manguera de alta presión, Flynn aún tiene que fregar la sangre seca.

Después de una hora o así mientras la tripulación del Medevac juega perezosamente al golf en una Xbox donada por la Organización de Servicios Unidos, la radio grazna de nuevo: Medevac, Medevac, Medevac. Un Tiger Woods virtual mira con tristeza todo el verde mientras un helicóptero Black Hawk ruge en la pista de aterrizaje de grava.

El helicóptero se ladea hacia la izquierda, vadeando las verdes tierras agrícolas. A través de la puerta de la izquierda, un enorme vehículo armado se encuentra al lado de un enorme cráter de más de tres metros. Love y Grove aterrizan en la carretera, acercándose lo máximo posible al camión destrozado.

El primer soldado entra en el helicóptero a pie, horrorizado y agarrándose el brazo. Lleva un arnés de artillero. Un artillero es la persona más expuesta en un vehículo y es increíble que saliese de la camioneta de una sola pieza.

Luego viene un soldado en una camilla, pálido y agotado, pero entero. No va a abrir los ojos, pero agarra fuerte la mano del artillero todo el vuelo. Sobre el tercer soldado en el helicóptero: estoy seguro de que está muerto.


Fuente: LaInformacion.com

13 ago. 2011

Así es la base militar más pequeña de Afganistán

Una señal pintada a mano a la entrada de la pequeña base militar de EEUU en Afganistan reza “Bienvenidos al infierno”.

El infierno, en este caso, tiene piscina.

En las desoladas montañas al norte de Kandahar un pelotón de selectos soldados desempeña labores de contrainsurgencia en una de las zonas menos poblada de la región.

El puesto avanzado de combate Baylough, en el distrito Day Chopan de Zabul, se asoma sobre un valle de huertos y aldeas rodeadas de escarpados picos de 3.000 metros.

El teniente coronel Jeff Stewart asegura que él mismo estudió cuidadosamente la personalidad y habilidades de cada soldado antes de destinarlos al primer pelotón de la Compañía Bravo en Baylough.

En el pelotón se autoproclaman los Rangers de Reed, en honor al sargento de primera clase Thomas Reed, un ex instructor de los Rangers que se encarga de liderar a sus soldados a lo largo de unas montañas implacables.

Baylough está asediado por todas partes por grupos locales de talibanes, que lanzan cohetes y morteros de forma regular a la base y hostigan a los soldados con fuego de rifles. Si bien los soldados del primer batallón aún no han sido atacados durante una patrulla, sí han tenido que defender su base en numerosas ocasiones.

El 24 de julio los soldados se despertaron al alba, con el sonido de tres cohetes que impactaron en la base hacia las 4.45. A los pocos segundos, las tropas estaban disparando rachas de fuego contra las montañas, en donde podían ver a combatientes armados que corrían en busca de refugio.

Cada vez que la batalla se calmaba y los soldados intentaban desayunar algo, de nuevo el enemigo lanzaba cohetes. Enjambres de moscas se dieron el gran festín entre la comida abandonada precipitadamente.

Entrada la mañana, los soldados de EEUU lanzaron también cohetes, dos misiles Javelin que acabaron con una posición de los talibanes. A lo largo de ese día 13 cohetes talibanes impactaron en Baylough, aunque ninguno de ellos hirió a nadie o causó daños significativos.

Los talibanes, no obstante, sí parece que sufrieron daños. Conversaciones de radio interceptadas indican que tres combatientes murieron en un ataque con mortero y varios resultaron heridos. Durante las siguientes 24 horas los insurgentes emitieron música fúnebre en sus radios.

Stewart describe lo que ocurre en la zona de Baylough como una “lucha clásica de contrainsurgencia”, en la que sus soldados luchan con los talibanes por ganarse el apoyo de unas pequeñas aldeas sobre un terreno implacable.

Reed y el líder del pelotón, el capitán Charlie Timm, se turnan para dirigir las patrullas diarias a los pueblos en donde efectúan “reuniones de liderazgo”, lo que significa que se sientan con los ancianos y hablan con ellos sobre lo que ocurre en la zona, desde los últimos movimientos de la insurgencia hasta cómo van las cosechas de trigo.

“Yo soy un granjero allá en casa, así que me interesa todo esto”, le dice Reed a Hajii Abdulbari, un anciano de una aldea cercana a la base. “Tengo caballos y también vacas, pero aparte de eso cultivamos las mismas cosas”.

Reed, un afable y educado texano, dice que odia este tipo de reuniones, pero en cuanto comienza a hablar con Abdulbari está claro que quiere ayudar en todo lo que pueda.

La reunión da vueltas y vueltas. Reed quiere información sobre los talibanes y que Abdulbari cree una fuerza de policía local para combatirlos. Abdulbari quiere más seguridad antes de arriesgarse a poner en juego la vida de sus hijos. Reed sostiene que no lograrán tener seguridad hasta que los habitantes locales se opongan a los talibanes.

Reed y Abdulbari coinciden en que el Gobierno de Kabul no puede garantizar la seguridad en Day Chopan. El Ejecutivo afgano ha cortado la ayuda al desarrollo del distrito debido a los problemas de seguridad. Es una pescadilla que se muerde la cola. Sin incentivos económicos al desarrollo que ofrecer a los habitantes de la zona, Reed y Timm tienen pocos elementos de negociación para lograr el apoyo de Abdulbari. Cuentan únicamente con su iniciativa, su ingenuidad y su poder de lucha para lograr algún avance.

Durante una patrulla Timm le pide al líder de una aldea que le transmita un mensaje extraordinario a un comandante local de los talibanes: “Que baje al centro del distrito y hable conmigo”. Es muy raro que el líder de un pelotón intente sentarse a hablar con un líder talibán, pero Timm cree que una negociación es una buena manera de cambiar la situación de la seguridad en Baylough.

Reed y sus soldados, cubiertos de sofisticados instrumentos electrónicos y armas contrastan enormemente con Abdulbari y su entorno, vestidos con sencillez. Un hombre descalzo abre una almendra con dos piedras polvorientas mientras hablan Reed y Abdulbari.

“Esperamos que pueda darnos seguridad, porque llevamos cuatro décadas en guerra”, le dice preocupado Abdulbari. “Nos sentimos impotentes para pararlo”.

Cuando no están luchando contra los ataques de los talibanes o patrullando por las aldeas cercanas, los soldados de Baylough trabajan para mejorar sus austeras condiciones de vida. Su gran proyecto hasta el momento: una piscina.

Para construirla, abrieron a paladas una enorme zanja en medio de la base y la revistieron con una vieja tienda de campaña. Una bomba hace que el agua circule, aunque la tienen que vaciar y llenar cada semana porque el polvo de los helicópteros que aterrizan no muy lejos tiñe el agua de marrón. Una jirafa hinchable se tambalea sobre el agua helada, aterrorizando a la mascota de la base, la perrita Lady.

Bienvenidos al infierno, efectivamente.


Fuente: LaInformacion.com